Fue como apagarse el sol

 
"Fue como apagarse el sol"
 

Habíamos acordado con Félix, el gordo, en realidad más que gordo, corpulento, que tenía los sanos berretines de golero, no solo porque llevaba el nombre del golero reciente campeón del mundo con Brasil en México 70, sino porque le gustaba y hasta llevaba los guantes para los picados y torneos que se armaban en el recreo de la secundaria.

 

Decía, que habíamos acordado un partido de fútbol, entre el equipo de su barrio el Arpí, que quedaba al noreste de la carretera a Centurión,  versus el equipo de mi barrio, el Caltieri, que quedaba al suroeste de dicha carretera.

 

La idea era que el sábado después del almuerzo, fuéramos de visitante a jugar en el campito al lado de la capilla San José. Un predio grande y desnivelado, que era lo que menos nos importaba, para nosotros aquello era el mejor de los estadios.

 

Con Félix, nos pusimos de acuerdo también en quién ponía la pelota, por lo general siempre el responsable era el locatario, y así fue, -¡Yo llevo mi pelota...está un poco cascoteada, pero creo que aguanta...! dijo él, -¡Bárbaro, nos vemos ahí...! dije.

 

Estábamos en la edad del segundo año liceal, pero en el afán de reclutar jugadores para el compromiso deportivo, era válido alguno de año superior o de algún año menor, siempre y cuando fueran de los barrios que se medirían en la contienda.

 

Se vivían las últimas etapas de los cursos, era primavera, ya estábamos en esos días que van haciendo presagiar la llegada del verano. Húmedos días y calurosos, como solíamos decir allá en Melo, -¡Un “mormaso” que te aplasta...!.

 

Entre viernes de tarde y sábado de mañana, con Jhonny Caltieri (uno de los descendientes de aquellas familias chacreras que dieron nombre al barrio), al cual le decíamos “Potrillo” por su gran parecido a Fernando Morena y no solo fisonómicamente, sino por su estilo de juego y olfato goleador y Gustavo, que era de los que podían jugar en cualquier puesto, porque lo de él era la entrega a la causa y ¡no le pidieran buena técnica!, con ellos reclutamos a los demás integrantes para el equipo.

 

El sábado, amaneció más pesado y caluroso y ciertos nubarrones comenzaban a avisar que la lluvia era posible ese día.

En el almuerzo, mientras comía nervioso y apurado, pensando en el encuentro futbolístico pactado, los truenos primero y la lluvia gruesa de golpe, me plantearon algo que no habíamos hablado con mi compañero de clase, ¿y si llovía?.

 

Nos juntamos en la esquina de siempre, donde estaba la gran piedra negra recostada a un paraíso viejo, con Jhonny y Gustavo, también Henry y su hermano mayor Peter, todos luego de comer, intranquilos por aquella lluvia cercana a la hora del partido.

Decidimos que uno fuera en bicicleta hasta la casa de Félix, para determinar si se jugaba igual, cosa que queríamos. La democrática votación determinó, que yo fuera el elegido para ese trámite, pues yo había pactado el encuentro y allá fui.

 

La casa de mi compañero no quedaba tan lejos, es más, quedaba  enfrente del campito donde íbamos a jugar y eso permitió ver que el piso no había sufrido las consecuencias de esas primeras lluvias de primeras horas de la tarde. Volví raudamente y con la alegría en el rostro diciendo a mis compañeros, que sí, ¡jugábamos!

 

Poco después, salimos hacia el lugar, a unas seis cuadras, en donde nos esperaba otra nueva aventura, otra nueva hazaña, otra nueva experiencia jugada a ser una de aquellas estrellas, que solo nos llegaban por los relatos radiales, la imagen de algún televisor, algún diario o las figuritas.

 

Algunos iban a pie, otros en sus bicicletas en forma lenta, conversando y armando el equipo, según quienes acudieron al llamado. El polifuncional de Gustavo, dijo que iría al arco y ahí ya teníamos un gran problema resuelto, alguna discusión menos y por supuesto que a Johny ni le preguntamos, él iría arriba, muy cerca del arco rival, eso tampoco lo discutíamos.

En tanto, yo, que en esas edades tenía el gusto de jugar atrás, de defensa, así lo haría, pues tenía la convicción de que pasaba muchas veces por mí la pelota, más que si jugaba adelante y entonces disfrutaba más y tenía mucho campo para moverme, así me parecía que era.

 

Los demás se repartían los demás lugares, aunque el orden en definitiva era lo que menos importaba cuando comenzaba a rodar la pelota, la cosa era jugar, divertirse, compartir y disfrutar ese maravilloso momento con los demás.

 

Cuando llegamos, los contrincantes estaban peloteando y esperándonos, eran más que nosotros, que éramos trece y eso era algo a resolver.

 

Félix, se arrimó a nosotros para saludarnos y con él traía la pelota, la cual nos impresionó por mostrar sus mil batallas. Ya estaba mojada, algunos de sus tramos de cuero despegado y otros sencillamente no estaban y dejaban entrever la capa de pelusa por encima de la cámara de goma, que afloraba. Era la que había en ese momento y si el dueño decía que aguantaba, ¡que aguantara!

 

La cancha estaba armada, pero los arcos hechos con piedras grandes, debieron ser corridos para agrandar el espacio, al decidirnos que se jugaba con trece jugadores contra trece jugadores, nosotros jugábamos todos y a ellos les quedaban tres compañeros afuera para ir rotando en los cambios.

 

También los límites laterales fueron acordados, al este (zona más alta del terreno), se terminaba la cancha en la canaleta que dividía el terreno de la calle y al oeste, donde la bajada se hacía cada vez más pronunciada, pusimos algunas ropas y piedras menores, para que se supiera el límite. En el mismo sentido, de este a oeste, es que el terreno tenía desniveles y ondulaciones, por efectos de la erosión del agua de las lluvias.

 

Los locatarios jugarían sin camisetas y nosotros con los buzos y remeras que llevábamos a efectos de diferenciarnos. Los árbitros seríamos nosotros mismos, se apelaba a la honestidad.

 

A todo esto el clima, nos iba mostrando otras caras, lluvia torrencial aquí, sol desde allá, nubarrones gris oscuro aquí, celeste espectacular allá. Así se comenzó el partido, que era a dos tiempos de treinta minutos, a pura lluvia con sol, a puro calor y humedad, a pura transpiración y alegría.

 

No habían transcurrido diez minutos de juego, cuando la pelota le derivó a Johny, que se sacó a uno de encima y como sabiendo exactamente como le estaba achicando el golero y dónde estaban las piedras que formaban el arco, definió girando hacia el mismo, de media vuelta, mandando la pelota contra el palo, es decir contra la piedra y salió gritando el gol que todos gritábamos, haciendo el "avioncito", hasta que todos nos tiramos encima de él.

 

El juego siguió, con el barrio Arpí, metiendo, esforzándose para ver si lograba el empate.

 

Pero poco antes de terminar ese primer tiempo, sucedió.

 

La presión del equipo local se hacía sentir y en uno de sus ataques, en que pierden el control de la pelota y se les va larga hacia nuestra zona defensiva, salgo al encuentro de la “redonda” y despejé fuerte, sin más miramientos que defender nuestra portería. La pelota se estrelló en la espalda desnuda de Félix, que no estaba esta vez jugando al arco, que saltó girando para evitar que la pelota fuera a su campo y que tampoco le pegara en la cara y en ese mismo instante, el estruendo.

 

La pelota fué, reventó, estalló, murió.

Hasta el día de hoy recuerdo cuando mi amigo mostraba su espalda con el dibujo colorado, de algunos gajos de la pelota marcados como a fuego entre sus omóplatos.

 

¡Fue el primer tatuaje que vi!

 

Primero la bronca, se me vinieron encima para increparme y mis compañeros defendiéndome. Luego, la certeza de que como estaba el útil, a cualquiera le hubiera podido pasar y Félix dijo,

 -¡Es lógico...no iba a aguantar, no iba a aguantar, estaba muy vieja...! y fue el afloje definitivo. Nos abrazamos todos, nos saludamos y como no había y no iba a aparecer una pelota rápidamente, quedamos en que sería en otra oportunidad otra contienda. Pero ya no sería esa, que quedó trunca y con un sabor triste.

 

En el regreso al barrio, íbamos callados, aunque alguno, rompía el silencio de tanto en tanto, - ¡Por qué le pegaste tan fuerte...?!, otro, -¡Cállate, en un tranque también podía haber reventado...! y seguíamos nuestro andar cabizbajos. Pero de pronto, otro acotaba, -¡El resultado fue uno a cero, así que ganamos...! y otro, -¡Qué bárbaro, qué importa eso, no llegamos a jugar ni medio tiempo...!, así, hasta llegar al barrio.

 

La sensación que nos embargaba a la mayoría, luego de tanta expectativa en torno al encuentro, es que aquello fue en ese instante, ¡como apagarse el sol!

 

                         

       A aquellos queridos compañeros de barrio e inicios de secundaria

                                      Setiembre 2007

                               Fredy Wilson Acosta Techera  

PD: Publicado en Revista Barbaridad, (suplemento del diario El Profesional), nùmero del 13 de noviembre 2021, Melo, Cerro Largo, Uruguay

 

 

 

 

 

 

 

 

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